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Adiós al abuelo del LHC

Se empieza a demoler el Bevatron, el acelerador que cambió la ciencia del siglo XX

El Bevatron, el Santo Grial de los físicos de partículas de todo el mundo desde mediados del siglo XX, está a punto de desaparecer. La enorme máquina, casi impensable para la ciencia en los años 50 del pasado siglo, fue durante décadas el mayor acelerador de partículas que inauguró la era del estudio de partículas subatómicas y que hizo que varios investigadores de la Universidad de Berkeley (EEUU) lograran el premio Nobel por sus aportaciones logradas con tan fantástico ingenio.

Esta máquina fue construida a mediados de la década de 1950 por la Comisión Nacional de Energía Atómica en el mismo corazón del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley. Con un coste de nueve millones de dólares, se construyó en una colina con privilegiadas vistas sobre la bahía de San Francisco.

Entró en funcionamiento en enero de 1954 y se trataba de una maravilla sin comparación posible en todo el mundo. La revista Popular Science lo definió entonces como “un enorme cascanueces de 10.000 toneladas para romper nueces invisibles, el aplastador de átomos más potente jamás construido”.

Tenía 41 metros de diámetro, 9.500 toneladas de acero, 362 kilómetros de cables y casi 4.000 kilómetros tubos, y ocupaba 12.000 metros cuadrados. Todo ello para aplastar átomos 20 millones de veces más pequeños que la cabeza de un alfiler. Se denominó Bevatron porque tenía una capacidad de producir energías del orden de los billones estadounidenses miles de millones para nosotros de electronvoltios (eV). Es decir, era un sincrotrón que producía 6,5 billones de eV (Billions of eV Sincrotron).

La antimateria existe

Uno de sus primeros logros fue la constatación de la existencia de la antimateria. En 1955, un año después de que finalizara su construcción, logró probar la existencia del antiprotón, una partícula exactamente igual que el protón pero con carga negativa. Este descubrimiento llevó al físico italiano Emilio Segré y a su colega estadounidense Owen Chamberlain a obtener el premio Nobel de Física por demostrar que la simetría existía y que la antimateria no era una quimera. Las partículas tenían antipartículas.

De esta forma se probaba que la antimateria era definitivamente real, como predijo en 1928 Paul Dirac. Este físico teórico británico desarrolló una serie de ecuaciones que predecían la existencia de la antimateria 20 años antes de que se confirmara, mediante la unión de la teoría de la relatividad de Einstein con algo de mecánica cuántica. Las ecuaciones predecían con gran exactitud la existencia del positrón, la antipartícula del electrón, pero ningún acelerador de partículas era lo suficientemente potente para comprobarlo. Hasta que llegó el Bevatron.

Hasta su clausura en 1993 y durante los años siguientes al descubrimiento del antiprotón, se llevaron a cabo decenas de experimentos utilizando haces de protones procedentes del acelerador, con los que se generaban haces secundarios de partículas elementales, entre las que se encontraban no sólo protones, sino también neutrones, piones, partículas extrañas y otras muchas.

Todas ellas se estudiaron en profundidad. No en vano, un físico estadounidense de origen español, Luis Walter Álvarez, recibió el Nobel en 1968 por su cámara de burbujas de hidrógeno líquido.

Un dibujo que valió un Nobel
El artífice del acelerador de partículas fue el profesor de física Ernest Orlando Lawrence, a quien se suele atribuir el nuevo estilo de gran ciencia basada en grandes equipos y que dio nombre al Laboratorio de Berkeley. El historiador de la ciencia Alvin Weinberg subraya que Lawrence no sólo creó una serie de máquinas que facilitaron descubrimientos científicos, sino también una manera completamente nueva de hacer ciencia. “El nuevo estilo de gran ciencia basada en grandes equipos se atribuye generalmente a Ernest O. Lawrence”, dice Weinberg.

“Quería hacer física grande, el tipo de trabajo que sólo puedes hacer a gran escala con mucha gente involucrada”, dijo Herbert York, el primer director del Laboratorio Lawrence Livermore, como se relata en la página web oficial del laboratorio.

Su idea de construir algo como el Bevatron surgió en 1928, cuando se trasladó desde Yale a la Universidad de Berkeley, donde se convirtió en el profesor más joven. Tres años más tarde, en agosto de 1931, creó el Laboratorio de Radiación en un modesto edificio del campus que dirigió hasta su muerte, y es cuando comenzó a reunir a un brillante equipo de físicos, químicos, biólogos, ingenieros y médicos cuyas trayectorias profesionales eran fundamentales para el éxito del laboratorio.

Con este equipo, Lawrence creó el Bevatron tras haber diseñado unos cuantos con anterioridad. Según declaraciones a Público de Paul Preuss, portavoz del Laboratorio Lawrence Berkeley, “hubo una enorme variedad de aceleradores en funcionamiento en el laboratorio; sin embargo, los más notables fueron el Bevatron, el HILAC y el ciclotrón de 88 pulgadas, aún hoy en funcionamiento”. Precisamente, el de 184 pulgadas, de 1942, ayudaba a la separación de isótopos de uranio y esto, supuestamente, fue utilizado para la fabricación de la bomba atómica.

En realidad, todo partió de una brillante idea de Lawrence que plasmó en un dibujo a mano alzada en 1934. En él esbozó el ciclotrón (el primer acelerador de partículas circular), así como la manera de producir las partículas de muy alta energía para desintegrar los átomos y sin necesitar altos voltajes. Realizó la primera maqueta con alambres y cera, y funcionaba: cuando Lawrence aplicó 2.000 voltios de electricidad, obtuvo proyectiles de 8.000 voltios.

El Aplastador de Átomos
Con todo ello, Lawrencequien para muchos era el que tenía la clave de la energía atómica recibió el sobrenombre de Atom Smasher (Aplastador de Átomos) y fue galardonado con el Nobel en 1939 por sus trabajos con los aceleradores de partículas. El premio le fue entregado en el mismo campus donde trabajaba, debido a que Europa estaba enfrascada en plena II Guerra Mundial.

Pero no sería hasta 1954 cuando se inaugurararía su máquina más conocida, el Bevatron, el acelerador de partículas más grande que diseñó. Con él logró probar sus hipótesis largamente perseguidas: si se disparan partículas cargadas contra un objetivo, se pueden abrir núcleos atómicos. “Su ciclotrón de 37 pulgadas en Berkeley era un monstruo para su tiempo, y fue seguido por el de 60 pulgadas, el de 184, el sincrociclotrón, el sincrotón de protones (Bevatron) Todos ellos cada vez más grandes y complejos”, escribe Weinberg.

El 26 de febrero de 1993, el Bevatron llamado Bevalac desde que se unió en la década de 1970 al acelerador lineal SuperHILAC para investigaciones nucleares dejó de funcionar, porque había sido superado en prestaciones por otras instalaciones alrededor del mundo. En su trayectoria de 40 años dejó en la Universidad de Berkeley cuatro premios Nobel y un largo listado de avances en diferentes campos: física de partículas de alta energía, física de iones nucleares pesados, investigación médica y partículas pesadas en el espacio.

Un sinfín de aplicaciones
Respecto a la medicina, se utilizaron los haces de iones pesados del acelerador para destruir tumores y tratar el melanoma ocular o las malformaciones arteriovenosas en el cerebro. También se utilizaron esos haces del Bevatron y del SuperHILAC para imitar las condiciones que los astronautas podrían encontrar en la Luna, Marte o en sus viajes interplanetarios, y así calibrar mejor los equipos electrónicos.

Además, el acelerador sirvió para descubrir las llamadas resonancias, lo cual dio como resultado las teorías que llevaron en la década de 1960 al desarrollo del modelo de los quarks y al modo que aún hoy explica la naturaleza de la materia.

Fuente www.publico.es

Ciencia para la guerra y para la paz

La ciencia atómica desarrollada por el ‘Aplastador de Átomos’, Ernest O. Lawrence, fue clave en el desarrollo del Proyecto Manhattan, destinado a construir la bomba nuclear. Lawrence aportó la separación de isótopos de uranio y atrajo al proyecto a Robert Oppenheimer, que asumiría la dirección científica.

l legado de Lawrence sigue hoy presente en el mayor acelerador construido hasta ahora, el Gran Colisionador de Hadrones (LHC). Según Paul Preuss, del Laboratorio Lawrence Berkeley, la diferencia entre el Bevatron y el LHC está en el tamaño y en la energía que este es capaz de generar: “El Bevatron producía un único haz débil de protones de 6,5 GeV y se alojaba en un edificio del tamaño de un hangar, mientras que el LHC genera dos potentes haces de protones de 7 TeV cada uno –1.000 veces más que el Bevatron– que chocan entre sí y su tamaño es mayor”.

En el fondo, dice Preuss, las dos máquinas son iguales “porque el objetivo de ambas es o era la investigación con partículas fundamentales. En ambas se hicieron y se harán importantes descubrimientos, que estarán separados por más de 50 años de progreso científico”.

 

This 1993 documentary chronicles the Bevatron at Berkeley Lab. During its operation from 1954 until 1993, the Bevatron was among the world’s leading particle accelerators, and during the 1950s and 1960s, four Nobel Prizes were awarded for work conducted in whole or in part there. The accelerator made major contributions in four distinct areas of research: high-energy particle physics, nuclear heavy-ion physics, medical research and therapy, and space-related studies of radiation damage and heavy particles in space.

Lawrence Berkeley National Laboratory

Relacionados : El fin del Bevatron el antiguo sincrotrón de Lawrence Berkeley National Laboratory

El Priorato de Sion

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El Priorato de Sion es el nombre de una supuesta sociedad secreta, que según la creencia de los que apoyan su existencia desde la antigüedad, sería considerada la más influyente en la historia occidental. Históricamente, esta orden fue fundada en realidad por Pierre Plantard el 20 de julio de 1956, según consta en el Boletín Oficial de la República Francesa número 167, página 6731; caracterizándose por sus tintes rosacrucianos modernos. Hay otros sin embargo que aseguran que el Priorato de Sion se fundo en el 325 d.C. (Cuando tuvo lugar el Concilio de Nicea) pues, Constantino legalizo la religión cristiana en extrañas condiciones tras una conversación con los altos cargos religiosos (una versión poco verosimil).

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No confundir con la Orden de Sión, fundada por los templarios; del cual el priorato pretende indicar que sería sucesor de ésta.

Al analizar la historia del Priorato de Sion, se presentan dos versiones dependiendo de la validez que se le atribuya a los escritos del priorato y a la palabra de Pierre Plantard. De este modo se describe la historia de este priorato de las siguientes maneras:

Los historiadores, tras haber analizado todo lo relacionado al Priorato de Sion, indican que la antigüedad y los escritos sobre éste son falsos, y han llegado a la siguiente conclusión sobre la historia del Priorato de Sion:

Los manuscritos presentados por Pierre Plantard indicando que provenían del padre Bérenger Saunière quien los habría descubierto mientras arreglaba su iglesia, habrían sido realmente escritos por el mismo Pierre Plantard y fabricados por su amigo Philippe de Cherisey). Así, estos documentos falsificados pretendían mostrar la supervivencia de la dinastía merovingia de los reyes francos, y de este modo atribuir un linaje real a Pierre Plantard. Plantard manipuló las actividades de Saunière en Rennes para “demostrar” sus reclamaciones relacionadas con el Priorato de Sión. De este modo se calcula que entre 1961 y 1984 Plantard habría inventado el linaje legendario del Priorato de Sión, supuestamente surgido de los restos de la Orden de Sión. Igualmente otra razón para señalar como falsa la antigüedad del Priorato de Sion; ya que si presentara esa antigüedad y con ello un gran poder, no habría tenido la necesidad de fundar su orden el 20 de julio de 1956, en el Boletín Oficial de la República Francesa.

Para mantener su engaño, en 1989, Pierre Plantard intentó decir que el Priorato de Sion en realidad había sido fundado en 1681 en Rennes-le-Château; pero en esta ocasión no pudo conservar su reputación y sus proyectos. Posteriormente en septiembre de 1993, argumentó que Roger-Patrice Pelat había sido una vez el Gran Maestre del Priorato de Sion. Pelat era un amigo del entonces presidente de Francia François Mitterrand y fue centro de un escándalo que implicó al primer ministro francés Pierre Bérégovoy. Un tribunal francés ordenó registrar la casa de Plantard, requisando muchos documentos, incluyendo alguna proclamación de Plantard como rey legítimo de Francia. Conforme al juramento, Plantard admitió que había ideado todo, incluyendo la participación de Pelat en el Priorato de Sion. Ordenaron a Plantard desistir en todas las actividades relacionadas con la promoción del Priorato de Sion y vivió en el anonimato hasta su muerte el 3 de febrero de 2000, en París.

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LEONARDO, MONTSERRAT Y EL ENIGMA DE LA GIOCONDA

LEONARDO, MONTSERRAT Y EL ENIGMA DE LA GIOCONDA

Cinco años atrás acababa de publicar mi libro ALTO RIESGO, LOS COSTES DEL PROGRESO. En ese momento trabajaba en un nuevo proyecto editorial: en concreto, un estudio sobre la ideología nazi. Entonces llegó a mis manos un artículo de la revista Historia y Vida (número 158, mayo de 1981), escrito por Hilari Raguer, monje de Montserrat y reputado historiador. En este preciado documento se explicaba con bastante detalle un hecho excepcional: la visita de Heinrich Himmler a Montserrat, el 23 de octubre de 1940. Su “cicerone”, un monje de apellido Ripoll, escuchó con estupor la siguiente declaración del alto mandatario nazi: “En Montserrat se promulgó la herejía albigense, con la que nosotros (los nacionalsocialistas) tenemos tantos puntos de contacto”.

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  • ATLANTIDA, El Continente Perdido. Mito o fantasía?

    Mencionada y descrita por primera vez en los diálogos Timeo y el Critias, textos del filósofo griego Platón.

    La leyenda cuenta que la Atlántida era una isla de grandes dimensiones, se podría considerar un continente, según algunas hipotesis en el Mediterráneo, en otras versiones en el Océano Atlántico, fue destruída por un terremoto o tsunami que inundó totalmente sus tierras dejándola por siempre sumergida bajo las aguas y olvidada en el pasado.

    Sus habitantes poseían una tecnología y cultura muy superior a la de los contemporáneos de su época y fueron decisivos en los avances de todas las culturas mundiales. Su ubicación les permitía el acceso a culturas tan dispares como la egipcia y la Maya y eran consumados viajeros, dominando con sus barcos todos los mares y océanos del planeta. La similitud entre estructuras arquitectónicas como las piramides Mayas y Egipcias, o el parecido fonético de algunas palabras en culturas separadas por aguas y miles de kilómetros de distancia se deben según los partidarios de la existencia de dicha isla o continente y a la influencia que los Atlantes (nombre con el que habitualmente se designa a los habitantes de la Atlántida) gracias a su avanzada tecnología marcaron culturas de todo el mundo.

    La leyenda de la Atlántida parte de Platón hacia el 350 a.C., el cual, en los diálogos Timeo y Critias, cuenta la historia de una civilización floreciente que vivía en una isla “más allá de las columnas de Hércules” (nombre antiguo del Estrecho de Gibraltar). Él aseguraba basarse en el sabio griego Solón, que 200 años antes decía haber oído en Egipto que una isla había sido destruida “al oeste” como consecuencia de un gran cataclismo que la sumergió en las aguas en tan solo unas horas. En más o menos 20 páginas describe esta floreciente cultura, sus ciudades y abundancias y como debido a una afrenta a los dioses (eran adoradores de Poseidón) fueron castigados y una serie de cataclismos les sumergieron en las aguas.

    Hasta aquí podría parecer la típica historia moralista tan habitual en Mitología griega, pero numerosos estudiosos a lo largo de la historia han buscado su significado real pues en gran cantidad de culturas existen mitos similares a los de la Atlátida de Platón, según algunos de ellos existe una especie de memoria histórica o componente real en dicha historia y si bien la mayoría de las hipotesis fueron desestimadas por falta de pruebas o demostrada su invalidez, es cierto que de tratarse de un leyenda fue de gran difusión en una edad tan temprana del hombre que pervivió en diferentes y dispares culturas.

    Ubicación de la Atlántida

    La imagen romántica de una isla fabulosa tragada por el mar, ha significado que su ubicación haya sido buscada desde la época de Platón, aunque nadie está seguro si existió realmente muchos son los investigadores que la buscaron, una empresa no del todo descabellada, pues al fin y al cabo también la Troya de Homero se creía producto de la fantasía, hasta que el arqueólogo Heinrich Schliemann la descubrió en 1903. Las ubicaciones sugeridas para la Atlántida, incluyen lugares diversos a continuación se enumeran algunas de las ubicaciones más nombradas:

    En el Mar Mediterráneo - Del relato de Platón se deduce que la civilización atlante debió florecer hace más de 12.000 años. Este dato no puede ser exacto en ningún caso, puesto que en aquellos remotos tiempos todavía no existía ninguna cultura evolucionada que trabajara los metales, estuviera gobernada por reyes y dominara los mares con sus barcos. En cuanto a la localización del misterioso continente, el texto del filósofo ateniense lo sitúa “más allá de las Columnas de Hércules”, y esto significaba, según la concepción de la antigüedad, al otro lado del estrecho de Gibraltar, es decir, en el océano Atlántico. Pero atención, recordemos que la fábula procede de los antiguos egipcios y, para ellos, la isla perdida se llamaba Keftiu (el nombre que tenían para Creta). La fuente de información de Platón, el legislador y estadista Solón, pensaba naturalmente en griego, de modo que traduciría las indicaciones del sacerdote egipcio a su propia lengua, pudiendo producirse por esto algunos equívocos. Posiblemente los egipcios tenían en mente un lugar totalmente diferente al referido por Solón, ya que para esta civilización confinada en el valle del Nilo, el mundo conocido terminaba no ya en el Atlántico, sino en el mismo Mediterráneo.

    La teoría que desde 1909 ha sumado más adeptos afirma que la Atlántida fue Creta u otra isla cercana, la de Santorini. Por consiguiente, la civilización atlante se identificaría con la minoica. Son muchos los datos que apoyan esta tesis. Para los antiguos egipcios, Creta constituía un lugar de interés a causa de su cercanía y su fuerza, aunque resultaba casi inaccesible debido a su ubicación en mitad del Mediterráneo. Por otro lado, la decadencia y caída de esta civilización encaja con el dramático final descrito por Platón: hacia el año 1500 a.C. una tremenda erupción volcánica en la isla de Thera (hoy llamada Santorini) originó terremotos, tsunamis y lluvias de cenizas que acabaron por dar el golpe de gracia a aquella cultura de la Edad del Bronce, que ya había sufrido anteriores seísmos.

    La fecha es lo único que no concuerda, pues recordemos que, según Platón, la Atlántida debió florecer alrededor de 12.000 años atrás. Sin embargo, pudo ocurrir que el informador egipcio de Solón se hubiera basado para sus cálculos en uno de los calendarios lunares al uso en aquella época, confundiendo al griego, quien habría tomado los años lunares por solares. En tal caso, la fecha referida por el sacerdote sería el año 1200 a.C. aproximadamente, lo cual coincide, admitiendo un margen de tolerancia de dos o tres siglos, con la explosión de Thera.

    En cualquier caso, por bien que suene esta hipótesis -desarrollada y defendida sobre todo por los investigadores griegos Angelos Galanopoulos y Spyridon Marinatos- también tiene sus puntos débiles. Así, la clasificación cronológica de los diferentes estilos cerámicos de la isla de Santorini demuestra que esta cultura sobrevivió al menos cincuenta años a la erupción del volcán. La Atlántida no se hundió, por tanto, en este lugar. Y menores son las posibilidades de que se tratara de la cercana isla de Creta; Cnosos, el centro de la cultura minoica, no se colapsó hasta algunos siglos después de la erupción del volcán y, como todos sabemos, la isla continúa en su sitio.

    En el Océano Atlántico - El relato de Platón hablaba de una enorme isla “más allá de las columnas de Hércules” este dato hacia suponer que debía encontrarse en el Océano Atlántico y durante siglos investigadores del tema la situaron en dicho emplazamiento. Dicha teoría fue totalmente rechazada en 1.950 cuando se demostró la tectónica de placas y se comprobó que no existen ni existieron vestigios de ningún continente sumergido.

    Hasta que dicho teórico emplazamiento se demostró que no era correcto, investigadores como Ignatius Donnelly, quien publicó su libro Atlantis: The Antidiluvian World en 1882, obra que conocería más de cincuenta ediciones y que sirvió de punto de partida para numerosas teorías posteriores. Donnelly estudió los enigmas de distintas culturas y elaboró a partir de tan misteriosos ingredientes una hipótesis irresistible: la Atlántida fue un continente entre Europa y América que se sumergió y que incluso llegó a constituir un puente terrestre entre ambos mundos.

    Los principales datos que corroborarían su teoría son los siguientes: la lengua de los aztecas posee asombrosas semejanzas con la de los egipcios. (Esto no es exacto, dicen los escépticos; el parecido procede de una interpretación errónea de los signos de la escritura azteca). Los egipcios no fueron los únicos que construyeron pirámides; también los antiguos pueblos centroamericanos levantaron este tipo de estructuras, de modo que debió existir algún contacto entre ellos. (Tonterías, afirman los detractores de Donnelly; una forma geométrica tan elemental puede inspirar a cualquier arquitecto espontáneamente, sin que tenga que copiar de nadie).

    Donnelly no ofrecía nuevas pruebas de la existencia de la Atlántida, sino una síntesis tan brillante como persuasiva de las ya existentes, echando mano de informaciones procedentes de campos tan diversos como la arqueología, la oceanografía, la filología, la geología, la historia, la mitología, la etnología, la zoología y la botánica para argumentar la historia de Platón y con la intención de demostrar que sin un continente que hubiera servido de puente las coincidencias que proponía no hubiesen podido darse.

    Bloques submarinos de piedra que parecen restos de calzadas y murallas ha inducido a suponer que la Atlátida se encuentra junto a las costas de Bimini una de las Islas Bahamas. La Atlántida en América – Al ser descubierto el nuevo continente surgió como es lógico una nueva teoría, ¿Podría ser América el continente descrito por Platón?, ¿era posible que las tierras descubiertas por Cristobal Colon fueran parte de la isla soñada?

    La respuesta parecía ser no pues parecía muy improbable con la tecnología de la época que relataba Platón pudiesen realizarse viajes en barco a tan larga distancia y más cuando se describían flotas de 1200 barcos que conquistaban allá por donde pasaban con sus tropas. Un dato cuando menos curioso sobre esta teoría es el siguiente:

    En una sesión de trance realizada en 1933, el vidente norteamericano Edgar Cayce describió de una forma colorista y fantástica la vida en aquella antigua civilización, prediciendo, además, que una parte de ella sería encontrada en el año 1968. Y en efecto, un año más tarde de lo vaticinado se descubrieron en el fondo marino frente a las Bahamas ciertas estructuras aparentemente realizadas por la mano humana. La localización de la Atlántida en esta zona ya había sido propuesta por otros investigadores, que sin duda se remitían a los datos aportados por el geógrafo romano Marcelo, del primer siglo antes de nuestra era. Según él, el continente perdido habría estado integrado por siete islas pequeñas y tres grandes, la mayor de ellas de 1.000 estadios de diámetro, lo que equivale aproximadamente a 200 kilómetros.

    ¿Debemos, pues, buscar los restos de la Atlántida en el Caribe? La mayor de las islas antillanas, La Española, tiene un tamaño que coincide más o menos con el calculado por el sabio Marcelo. Sin embargo, estas especulaciones tienen muy poco que ver con la descripción de Platón. Las formaciones de piedra encontradas son según los expertos tan solo una formación rocosa insólita y no tienen nada que ver con la mano del hombre y aún en el caso de ser estructuras arquitectónicas creadas por el hombre parece muy poco probable que perteneciesen a la Atlántida que relataba Platón y con casi total seguridad serían parte de una cultura megalítica aun desconocida.

    Se dice que el nombre de Atlántida fue dado en honor de su primer gobernante, Atlas, uno de los hijos de Poseidón que se rebeló contra los dioses y fue condenado por Zeus a cargar sobre los hombros la bóveda del cielo.

    Aunque no existe ningún hallazgo arqueológico que avale su existencia, existe una larga lista de lugares potenciales que se disputan las coordenadas en las que pudo existir este continente y su civilización.

    Toda la leyenda de la Atlántida surge de una misma fuente: “Los diálogos de Platón”. En dos de estos diálogos, mantenidos por Platón con Critias y con Timeo, se hace una descripción bastante exhaustiva sobre la Atlántida, su geografía, sus habitantes y su forma de vida. Platón asevera en sus “diálogos” que esta historia les fue relatada por el sabio griego Solon, quien a su vez la recibió de un sacerdote egipcio.

    Se describe como una historia genuina la narración acerca de un pueblo originado por los dioses que habitaba en una gran isla situada más allá de las Columnas de Hércules (actualmente el Estrecho de Gibraltar) y que superaba en superficie a Asia y Libia juntas.

    Según este relato, el poderío de los gobernantes atlantes alcanzaba gran parte de Europa y de Egipto pero cometieron el gran error de pretender someter a los atenienses, quienes triunfaron finalmente sobre los invasores (no es extraño, considerando que Platón era griego) a la vez que liberaron a los otros pueblos sometidos. Al cabo de un tiempo, intensos terremotos y grandes inundaciones acabaron con la Atlántida (y con los gloriosos guerreros atenienses) en un solo día.

    En los Diálogos también se describe como vivía la civilización atlante con bastante detalle. Esta civilización tuvo su origen en la unión del dios Poseidón con una mortal llamada Cleito. El amor de Poseidón por Cleito era tan grande que, para protegerla, aisló la isla de todo cuanto la rodeaba por medio de dos anillos de agua y tres de tierra, fosos inundados y muros alternados. Convirtió así el centro de la isla en un círculo.

    El suelo de la isla era inmensamente rico, y con el se edificaron templos y palacios de gran hermosura y magnitud, a la altura de sus moradores. También construyeron puertos y dársenas para los barcos que transportaban mercancías procedentes de todo el mundo y construyeron un gran canal que, partiendo desde el centro de la isla, desembocaba en el mar.

    Cada una de las provincias en que se dividía la Atlántida estaba gobernada por un rey, y todos ellos seguían la ley de Poseidón, escrita en una columna de oro y cobre erigida en medio de la isla. Los habitantes que en un principio vivían y pensaban de acuerdo a la ley, iniciaron su decadencia tras comenzar a mezclarse con los mortales, por lo que Zeus decidió castigarlos.

    Para atenernos al rigor histórico, la heroica hazaña bélica en la que los atlantes fueron derrotados por los atenienses tuvo lugar, según el sacerdote egipcio, hace más o menos unos 9.000 años. Como Solon vivio alrededor del año 640 a.C. podríamos deducir que la Atlántida alcanzo su mayor apogeo aproximadamente en el año 10.000 a.C.

    Del origen de esta civilización no se tiene conocimiento alguno; ahora bien, es necesario admitir que los principales datos de la existencia real, o no, de la Atlántida provienen de un relato sobrecargado de leyendas, y que éstas suelen encerrar una veracidad que ha soportado una considerable deformación, pero que cuya búsqueda no resulta del todo irrealizable.

    Tampoco debemos olvidar que los mitos griegos (donde aparecen las leyendas atlantes), fueron imaginados y/o creados por la gente que vivía en regiones que mantenían estrechos contactos con la Creta Minoica (una superpotencia económica y política de la antigüedad), de hecho, los cretenses tenían sometidos a los atenienses.

    ¿Dónde está la Atlántida?

    Podemos así apreciar que existe gran similitud entre la isla de Creta y la Atlántida, además, ocurrió un hecho muy significativo: la gran explosión del volcán de la Isla de Thera (hoy en día Santorini) que tuvo lugar aproximadamente en el siglo XVI a.C.

    Los geólogos americanos Shenk y Stanley encontraron restos de la gran explosión de Santorini al analizar restos volcánicos en el río Nilo. Unos vulcanólogos daneses encontraron restos de este volcán en Groenlandia, a unos 3000 Km. de distancia. La hipótesis de la explosión se ve avalada por algunos relatos bíblicos; para algunos conocidos investigadores, la separación de las aguas del Mar Rojo y el ensombrecimiento del cielo en Egipto fueron la consecuencia directa de la erupción volcánica de la isla de Thera.

    También los chinos afirman, en algunos manuscritos antiguos, que durante el reinado del emperador Xieh, los campos del cálido valle del Río Amarillo aparecían cubiertos diariamente por escarcha. Después de las erupciones de los volcanes Laki (Islandia, 8 de julio de 1783) y Tambora (Indonesia, 5 de abril de 1815) parece ser que ocurrieron fenómenos similares.

    Indudablemente la catástrofe de Santorini no es única. Un caso similar ocurrió con el volcán Krakatoa (al suroeste de Indonesia, entre Java y Sumatra) el 26 de agosto de 1886. El gran estallido de este volcán produjo una ola colosal que destruyó las costas de Java y Sumatra, de la misma manera que el volcán de Santorini podría haber aniquilado la civilización atlante.

    Pero existen otras coordenadas que se diputan con Santorini la ubicación del reino perdido:

    La Isla de Pharos (frente al delta del Nilo)
    La cordillera del Atlas (conjunto montañoso al Norte de África)
    La desaparecida civilización de Tartessos (en las proximidades de Cádiz)
    El antiguo lago de Tritonis (hoy, marismas de Chott el Djerid y Chott Melrhir)
    Hay quien señala a los guanches, los primitivos habitantes de Canarias, como los descendientes de los atlantes, basándose en que las momias guanches son de elevada estatura. Pero si se recurre a la antropología, queda claro que los guanches procedían de las costas africanas.

    El escritor griego Plutarco (c. 50 d.C.) sugiere que la Atlántida podría buscarse en Escandinavia (la región del norte de Europa que comprende Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia).

    También se menciona la Atlántida en la zona del Canal de Korinthos, una brecha de 6,3 Km. abierta a través del istmo del mismo nombre, que une el Peloponeso con el resto de Grecia; una zona muy propensa a los terremotos.

    Si mencionamos a Tartessos (comarca al sur de España), también allí se dan muchísimas coincidencias con lo descrito acerca de la Atlántida, lo que nos haría situarnos en el Océano Atlántico.

    Hay infinidad de autores que han escrito y especulado sobre el Continente perdido, vale la pena mencionar:

    Platón (Filosofo, 427 a.C.)
    Macrobio (filosofo, escritor y político, 400 a.C.)
    Plutarco (50 a.C.)
    Proclo (filosofo griego, Constantinopla 412)
    Julio Verne (escritor francés, Nantes 1828)
    Jacinto Verdaguer (poeta español en lengua Catalana, Folgarolas 1845)
    José Ortega y Gasset (filosofo español, Madrid 1883)
    Juan G. Atienza (Filólogo, Valencia 1930)

    Bibliografia

    http://www.escalofrio.com

    http://marenostrum.org

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