El jurado del premio Abel destaca su “impronta ilustre” en las matemáticas modernas.
La Academia de las Ciencias y las Letras de Noruega ha distinguido hoy al estadounidense John Torrence Tate (1925, Minneapolis) con el premio Abel, considerado el Nobel de Matemáticas, por su “notable y duradera influencia en la teoría de números”. “Muchas de las principales líneas de investigación de la teoría algebraica de números y de la Geometría aritmética son posibles por las contribuciones y los conocimientos iluminadores de John T. Tate. Ciertamente, ha dejado una impronta ilustre en las matemáticas modernas”, dice el fallo de la Academia, que otorga anualmente el galardón desde 2003.
Más allá de la simple aritmética del 1, 2, 3.., existe un mundo complejo e intrincado que ha planteado numerosos retos a las mentes más destacadas de la Historia. Este mundo se extiende desde los misterios de los números primos hasta la manera en la que archivamos, transmitimos y protegemos la información en los ordenadores. Dicho mundo se denomina teoría de números. Esta teoría se desarrolló en el siglo pasado y ha llegado a ser una de las ramas más sofisticadas de las Matemáticas, interactuando profundamente con otras áreas como la Geometría algebraica y la teoría de las formas automórficas. John T. Tate es uno de los principales artífices de este desarrollo. Asimismo, es creador de numerosas ideas y construcciones matemáticas esenciales, entre las que se incluyen la cohomología de Tate, el teorema de dualidad de Tate o los grupos Barsotti-Tate.
Licenciado en Matemáticas por la Universidad de Harvard en 1946 y doctor en Princeton cuatro años después, Tate ha sido docente en las universidades de Princeton, Columbia y Harvard, además de ejercer de profesor invitado en centros en el extranjero. Hasta su reciente jubilación ocupó la cátedra de Matemáticas Sid W. Richardson en la Universidad de Texas. John T. Tate es además miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, elegido en 1969; miembro extranjero de la Academia de Ciencias de Francia (1992); y miembro honorario de la Sociedad Matemática de Londres (1999).
El Premio Cole (1956) y el reconocimiento a toda su carrera (1995), ambos de la Sociedad Matemática Americana, así como el Premio Wolf (2002/2003), compartido con Mikio Satoel, son algunos de los principales galardones que recibió con anterioridad al premio Abel. Tate sucede en el palmarés de este galardón al ruso nacionalizado francés Mikhail Leonidovich Gromov, distinguido el año pasado por sus contribuciones a la Geometría.
El premio Abel se denomina así en recuerdo del matemático noruego Niels Henrik Abel (1802-1829) y fue establecido por el Parlamento de Noruega en 2002, aunque la institución que lo otorga es la Academia de las Ciencias y las Letras de ese país. La Academia elige al Comité Abel, compuesto por cinco matemáticos reconocidos internacionalmente, que cada año seleccionan al ganador del premio.
Tate, de 85 años, recibirá el premio y los seis millones de coronas noruegas (750.000 euros; 1 millón de dólares) con que está dotado el galardón de manos del rey Harald de Noruega el próximo 25 de mayo en una ceremonia en la Universidad de Oslo.
Cuenta la leyenda que Arquímedes se estaba dando un baño en el momento en el que descubrió una de las leyes más importantes de la física. Al matemático John Torrence Tate, mientras, nunca se le olvidará la ducha de una mañana de marzo del año 2010. El reloj marcaba las seis y media de la mañana, y Tate se preparaba para iniciar otra jornada de investigación en la Universidad de Texas, cuando sonó el teléfono. Llamaban de la Academia de Ciencias y Letras de Noruega para comunicarle que había recibido el máximo galardón con el que se reconoce hoy en día la obra de un matemático, el premio Abel, por su “notable y duradera influencia en la teoría de números”.
Al otro lado del teléfono, un selecto auditorio había escuchado recitar durante un par de minutos la lista de conceptos y de teoremas matemáticos que llevan el nombre de John Tate. Más tarde, el matemático Marcus du Sautoy, encargado de presentar de modo accesible los descubrimientos del premiado, bromearía sobre la posibilidad de definir el “índice de Tate” de una conferencia sobre teoría de números como el tiempo que tarda el ponente en pronunciar su nombre. “Casi siempre sería muy pequeño”, dijo, y él sabe bien de lo que habla, porque su campo de investigación es una de las áreas de las matemáticas que las ideas de Tate cambiaron por completo.
Nacido en 1925 en Minnesota, John Tate se licenció en Física por la Universidad de Harvard. Aunque sentía desde niño gran fascinación por las matemáticas, la lectura de una colección de biografías de los mejores matemáticos de la historia le había convencido de que él no era lo bastante inteligente como para dedicarse a la reina de las ciencias. Solo al incorporarse, en 1946, a la Universidad de Princeton para hacer allí su doctorado, se daría cuenta Tate de que sí que tenía “algo de talento para las matemáticas”. La historia ha demostrado cuánta modestia había en las palabras del joven estudiante, que durante varias décadas de colaboración científica con su nuevo director de tesis, el algebrista austriaco Emil Artin, iba a revolucionar una teoría cuyos primeros resultados se remontaban al gran Carl Friedrich Gauss.
En los ordenadores
Como señala la declaración del premio Abel, los números 1, 2, 3… esconden “un mundo complejo e intricado”, que “se extiende desde los misterios de los números primos, hasta la manera en que archivamos, transmitimos y protegemos la información en los ordenadores modernos”. Con la ayuda de las técnicas potentes de la geometría, John Tate ha conseguido abrir nuevos caminos en esa selva de la que quedan aún grandes superficies por explorar. Dos de las cuestiones sin resolver más importantes, la conjetura de Birch-Swinnerton-Dyer y la hipótesis de Riemann, guardan relación directa con su obra. Por eso, a la pregunta de Marcus du Sautoy de qué le gustaría hacer en los próximos años, Tate respondía ayer con voz somnolienta, no exenta de humor, que no estaría mal encontrar la solución de cualquiera de estos problemas.
El anuncio de la concesión del premio Abel coincide esta semana con la renuncia de Grigori Perelman, otro gran matemático, a recibir el millón de dólares que le correspondía tras haber resuelto otro de los Problemas del Milenio, la misma lista de enigmas a la que pertenecen la conjetura de Birch-Swinnerton-Dyer y la hipótesis de Riemann. No parece que vaya a suceder lo mismo con un matemático que considera que la experiencia de recibir el premio Abel le sobrepasa. El 25 de mayo, en una solemne ceremonia, el rey Harald de Noruega entregará el Abel a este investigador que, como dice el jurado, “ha dejado una impronta ilustre en las matemáticas modernas”.



